Antes de Detroit a ver si hago una crónica de la Indy 500 como Dios manda. Lo intentaré, lo prometo, pero a estas horas sólo me sale escribir lo que suelo decirles a los que me tocan las avellanitas con las comparativas entre F1 e IndyCar, mayormente con su prueba reina, las 500 Millas de Indianápolis: puedes echarte una buena siesta durante lo que duran 400 millas, ducharte y prepararte la cena, para disfrutar como un enano de la fase definitoria, dos, tres, o cuatro giros al Indianapolis Motor Speedway que suponen un subidón de adrenalina porque dos, tres, o con suerte cuatro pilotos, se la juegan a los dados, al todo o nada, al muero o mato de los grandes poemas épicos griegos.
En esas últimas vueltas de ayer noche, Pato O'Ward lo tenía todo para consagrarse más allá de lo que le reconocemos los que le seguimos y apoyamos. Al de Arrow McLaren le faltó un puntito de velocidad y le sobró un Newgarden que venía como un tiro. ¿Quién puede reprochar nada al mexicano? Lo dio todo manteniendo su ventana de oportunidad, y cuando sintió el momento supo arriesgarse a perderlo soñando con que vería primero el banderazo final.