Casualidades de la vida, o no, en un momento en el que todo el mundo apunta a los ingenieros como estrellas del automovilismo competitivo moderno, el repaso que estoy haciendo sobre los campeones mundiales de F1 nos ha llevado a recalar en la figura de uno de los pocos pilotos que han demostrado estar muy por encima de las máquinas que condujeron o conducen.
James Clark (Jim) nació el 4 de marzo de 1936 en la localidad escocesa de Kinkcaldy. Hijo de una familia de granjeros, comenzó a correr a bordo de un viejo Sunbeam a la tierna edad de veinte años, y sin que los coches le supusieran en aquel entonces nada más que una forma de entretenimiento, hasta que dos años más tarde, tras haber disputado algunas pruebas sobre un DKW y un Porsche 1.600, Jean Scott Watson y Jock McBain, le confiaron un Jaguar D con el que comenzó a forjar su aureola de piloto extremadamente suave y fino al volante, amén de rápido, aunque obviamente poco hecho.
James Clark (Jim) nació el 4 de marzo de 1936 en la localidad escocesa de Kinkcaldy. Hijo de una familia de granjeros, comenzó a correr a bordo de un viejo Sunbeam a la tierna edad de veinte años, y sin que los coches le supusieran en aquel entonces nada más que una forma de entretenimiento, hasta que dos años más tarde, tras haber disputado algunas pruebas sobre un DKW y un Porsche 1.600, Jean Scott Watson y Jock McBain, le confiaron un Jaguar D con el que comenzó a forjar su aureola de piloto extremadamente suave y fino al volante, amén de rápido, aunque obviamente poco hecho.










