Vaya por delante que, en estos instantes, el bueno de Otmar me produce una ternura inabarcable. Subir así y que te tumben así... ya me entendéis.
Otra cosa es que, como personaje público, el cuerpo me pida recordar la cantidad de memos que lo defendieron cuando decidió apostar por la mediocridad en Alpine, o que, forzando las cosas, maldiga la hora en que le han cortado la cabeza de un tajo en vez de someterlo a una evaluación carrera a carrera, por ver si era demasiado mayor para el cargo, por valorar si debía apartarse con efecto inmediato o se mostraba capaz de sobrevivir a los vientos adversos que hizo sufrir a Fernando Alonso, ya que fue él, no lo olvidemos, quien acabó con la historia del Nano en la francesa y quien se coronó de gloria con el Piastri affaire.



















