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viernes, 20 de mayo de 2016

El hombre medicina


A falta de un Simbad o un Jacques Cousteau que llevarnos a la boca, nosotros tuvimos a Miguel. Decía esta mañana el periodista Manuel Franco que la infancia se va; que cuando niño, él también quería tener un inmenso bigote, ser valiente y vivir aventuras... Yo habría pagado por tener sus ojos grises, cuando anciano, el navarro miraba el mundo desde la más honda de las sabidurías.

El hombre medicina apretaba contra sí al frágil y sonriente José María González Barea, como si fuese una anaconda. Era un día plomizo en la Casa de Campo. En Currito, Miguel reía. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

¡Oh Capitán, mi capitán!


No sé en qué coño estabas pensando, Emilio, qué mar negro te abrió sus entrañas, pero voy a hacer como que no ha sucedido, como que podré seguir esperando una de tus llamadas a horas intempestivas en las que me engatusabas con historias que destilaban salitre, brumas y costas grises celeste a partes iguales.

Siento frío ahora que las campanas de San Pierre y Miquelón tañen sin saber por qué lo hacen, ahora que las nieblas otoñales lamen las orillas de Terranova y Labrador tratando de atrapar tu silueta, ahora que las gavias han sido recogidas en honor de los ausentes. Siento frío en este mediodía soleado de noviembre que ilumina el interior de mi estudio nuevo que prometiste visitar, canalla. Siento frío porque percibo en el aire impregnado por el aroma a tabaco de mi pipa, tus preguntas y las mías cruzándose mientras buscamos juntos respuestas a preguntas que otros jamás hicieron. Siento frío, Emilio, y sé que sabes por qué.