A falta de un Simbad o un Jacques Cousteau que llevarnos a la boca, nosotros tuvimos a Miguel. Decía esta mañana el periodista Manuel Franco que la infancia se va; que cuando niño, él también quería tener un inmenso bigote, ser
valiente y vivir aventuras... Yo habría pagado por tener sus ojos grises, cuando anciano, el navarro miraba el mundo desde la más honda de las sabidurías.
El hombre medicina apretaba contra sí al frágil y sonriente José María González Barea, como si fuese una anaconda. Era un día plomizo en la Casa de Campo. En Currito, Miguel reía.

