Pasados los momentos iniciales, pletóricos de promesas y cantos de sirenas, el Gran Premio de España se ha ido desluciendo al mismo ritmo en que se confirmaba la imposibilidad de adelantar en pista.
Nada que objetar aquí. Ya imaginábamos lo caros que iban a resultar los adelantamientos y, además, Pirelli se había juramentado a no dar sustos en La Monumental y, lógicamente, salvar el curvón del MadRing nos ha supuesto el pecado y la penitencia de una prueba que fallecía de muerte natural cuando Hamilton advertía que los frenos de su SF-26 no le daban para continuar y abandonaba en el giro 6, más o menos.



















