En 1966 los monoplazas de Jack Brabham y Ron Tauranac ya se conocían en el paddock como «Brabham» a secas más que como MRD (Motor Racing Developments, Ltd.), su decoración con librea dorada se basaba en el green racing británico porque Australia pertenece a la Commonwealth, porque la Queen es reina de todos, y porque la pequeña fábrica tenía su base en Milton Keynes, y continuaban llevando en su denominación el acrónimo característico de los modelos de la escudería —BT por las iniciales de los apellidos de los socios fundadores (Brabham/Tauranac)—, tradición que mantuvo también Bernie Ecclestone cuando compró el equipo, y permaneció después de su venta y aún algunos años más hasta su completa desaparición a finales de 1992.
Pero seguimos en 1966 y aunque la historia de Brabham da para muchísimo, vamos a circunscribirnos a esa temporada por no enredarnos demasiado, ya que se corresponde con el último título mundial conseguido por el conductor australiano —los dos anteriores los logró en 1959 y 1960 sobre Cooper—, y goza, además, del atributo de suponer la primera vez en nuestra trayectoria como deporte regulado desde 1950, en que un piloto vencía conduciendo un coche de su propia escudería y en cuyo diseño había intervenido. Huelga decir que Brabham también ganó el Mundial de Marcas, ¡ahí es nada!




