Hablar de los setenta del siglo pasado otorga estatus entre los amiguetes y la tropa que busca guías del desfiladero, además, supone una amable zona de confort a la que recurrir cuando no hay demasiado que contar: mencionas un piloto, ingeniero, patrón o marca de aquellos tiempos, y en nada montas una charla en la que no suelen caber ni los trolls ni los perdigoneros de las redes sociales.
Los años mozos de nuestra modalidad de automovilismo deportivo son una especie de santuario en el que refugiarse a cualquier hora, bien para tomar un café tempranero o bien para meterse entre pecho y espalda dos dedos de whisky de ese que viaja por la garganta sin prisas después de haber empapado de aromas el paladar.
Los años mozos de nuestra modalidad de automovilismo deportivo son una especie de santuario en el que refugiarse a cualquier hora, bien para tomar un café tempranero o bien para meterse entre pecho y espalda dos dedos de whisky de ese que viaja por la garganta sin prisas después de haber empapado de aromas el paladar.
