Resulta sintomático que el Concilio de Ancianos pierda pie en cuanto se ve obligado a salir de la infinita comodidad que ofrecen las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado. Sus integrantes acostumbran a quedarse sin contexto fuera de estas lindes y las anécdotas extramuros son siempre áridas, sosas, carentes del rosario de hazañas secundarias y aún terciarias que sustantivan la importancia que ellos mismos dan a la etapa gloriosa e irrepetible de nuestro deporte, donde todos debemos mirar al menos una vez al día.
Los nuevos aspirantes a cubrir las plazas vacantes ya conocen como la palma de su mano los setenta, los ochenta, y la década de los noventa y los primeros años dos mil; también los hay que profesan la fe de los cincuenta y sesenta, aunque son más escasos, y los considerados santones por todos ellos van todavía más lejos: nunca los verás en batallas actuales, mucho menos debatiendo con la hornada surgida de los fenómenos mediáticos más recientes —con el alonsismo ni cruzan palabra—, eso sí, de la antigüedad automovilística saben un huevo y la yema del otro, se hace pertinente reconocerlo, a pesar de que no se acercan ni por asomo a los pocos diamantes que por fortuna tenemos.
