Se nos ha llenado el aire de moralina espesa y colonia barata con las que evitar que olamos a orín o a sacristía tal vez, o al Borlas llamándonos a tutoría de francés para sobarnos la cara y los brazos mientras apretaba nuestro cuerpo menudo contra su entrepierna...
El Capitán Alatriste, incapaz de mover un dedo para que se restituya la denominación Golfo de México, nos aclara que esta noche es de Don Juan Tenorio mientras afea el Halloween, solicita a la plebe entre líneas un poquito de por favor y algo de coherencia porque Occidente lleva derrumbándose desde hace no sé cuánto y no hacemos nada por evitarlo y tal. Y yo, que no soy especialmente fan de esta fiesta pagana, miro a todas esas personas que necesitan desconectar un rato, fingir que son felices, sentirse felices, o atiborrarse de alcohol y cariño de amigos para no pensar en el casero, el aviso del banco o el recibo de la luz, o para acumular fuerzas con las que rechazar la llamada a deshoras del jefe anarcocapitalista que considera que eres su esclavo y pasea orgulloso la bandera de todos en la muñeca, pues, gracias a los alatriste que han sido y serán, ahora en verdad le pertenece.









