Supongo que por estrenar bien 2026, esta mañana he visitado las mazmorras y se me ha cortado la respiración al descubrir entre otras muchas cajas repletas de libros, tesoros y recuerdos, una en cuyo cartón un Koketxu que se comía el mundo escribió París-Dakar a mano y con rotulador grueso, seguramente en previsión de que fuese encontrada más de dos décadas y media después de ser cerrada, por una versión distinta de sí mismo, a la que le sobran en estos instantes tanto las canas como las ganas de perder el tiempo dando explicaciones.
Tampoco habrá Dakar en Nürbu este año pues sigo sin hablar de política, un decir, aunque esta vez curso aviso con antelación, porque, entre otras cosas, en aquel pequeño universo que se formaba entre Amama y yo cuando mi mano sujetaba la suya, huesuda, vieja y sabia sobre el lateral del nórdico blanco, ella me afeaba mi tendencia natural a los portazos, y, claro, prometí arreglarlo así tuviera que despedirme de una prueba que me fascinó desde sus inicios en el 79, pero a la que ahora diría: «Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre. Prepárate a morir».
Os leo.









