Dicen los sabios que la verdad se esconde tras esas preguntas que nunca hacemos, lo que no deja de ser una soberana putada pues nos responsabiliza a nosotros de caminar a dos velas por la vida.
Fui un chiquillo muy preguntón. En casa no había miedo a hacer preguntas, sobre todo con Amama, aunque el método chirriaba bastante en cuanto abandonaba la seguridad del hogar. El caso es que aprendí rápido que había interrogantes que convenía no plantear. Pasados unos años me volví abiertamente lenguaraz e inquisitorial, como aquejado de una tardía segunda adolescencia, básicamente, sospecho, porque disponía de herramientas con las que defender mis actitudes políticamente incorrectas y empezaba a manejarlas con la soltura de un diestro espadachín. Mucho más tarde todo fueron líos y recordé que en boca cerrada no entran moscas.









