No os agobiéis, Zarevna sigue disfrutando de nuestra compañía —en realidad somos nosotros los que disfrutamos de la suya—, a pesar de los muchos años que han pasado desde que la mencioné por primera vez en Nürbu [Hilargi, o ¡anda, si habla!].
Era una cachorrilla entonces, apenas dos meses de vida y bonita hasta decir basta, exactamente igual que ahora. Aquel verano acababa de llegar a casa. Diecisiete edades juntos. La llamé Hilargi (luna llena) aunque la conocemos también como Laia —así la bautizó mi hijo—, ¡mi vida!, ¡Zarevna!, ¡pitufilla!, ¡tesoro!, ¡cosita!, ¡pelutxona!, ¡mow-mow! o cualquier otra barbaridad que se nos ocurre, porque ella siempre responde, y atiende y nos busca.









