Escuché hablar por primera vez de Narcissa Florence Foster Jenkins a Santi Camacho, que no ha llovido ni nada desde aquello, y años más tarde me la presentó Ernesto encarnada como personaje de película por Meryl Streep en una de esas interpretaciones suyas que no se olvidan fácilmente.
Profundamente ingenua, divorciada, rica heredera con saldo, con mucho saldo, y liberada de ataduras tras la muerte de su madre —su padre la hizo rica y la dejó en paz décadas antes—, no fue hasta rondar las sesenta primaveras que dio plena rienda suelta a sus sueños, eso sí, con vocación numantina, convirtiéndose en un fenómeno de los escenarios por sus extravagancias bajo los focos y sus nulas habilidades para el Bel Canto.









