Por suerte, más allá de la ingeniería elaborada, la bendita aerodinámica, el marketing, la propaganda, los bulos, los intereses de unos y otros, la política, las luchas de poder y la firma de contratos multimillonarios, etcétera, la máxima expresión del automovilismo deportivo tiene en el conductor de élite su cúlmen, ya que, cuantitativamente hablando, es quien sigue ofreciendo mayor cantidad de emociones por segundo.
Sí, sé de sobra que ir contra lo que dice nuestro catecismo suele acarrear funestas consecuencias, entre las que se encuentra que te azoten con el látigo de la indiferencia, que decía mi buen amigo Martín Herzog, pero ya da igual.