Por cuestiones que no vienen al caso, buscando la razón de ese puntito shakespeariano que tiñe La Odisea de Nolan, me he dado de bruces con dos comentarios vertidos por dos personajes relevantes de la crítica cinematográfica, que coincidían en programas diferentes al afirmar que no se puede amar de manera apasionada todo el cine, ni toda la música ni toda la literatura, porque es imposible, porque no es una cuestión de fe y el criterio formado te lleva inevitablemente a establecer afinidades, a ser selectivo en tus gustos, en una palabra, y, lógicamente, a elegir por encima de otras a determinadas películas, composiciones o libros, incluso del mismo autor.
Obviamente me quedé con la copla. No podía por menos que ser así dado lo cargante que suelo resultar en Nürbu aludiendo a los apasionaditos de los cogieron, esos aficionados y especialistas que creen neutralizar cualquier argumento en contra desenfundando El Sacrosanto Amor por la Fórmula 1 más allá de máquinas, escuderías y pilotos.









