De tener algún tipo de mando en plaza, evidentemente, declararía festivo los martes siguientes a cada carrera con la intención de realizar el funeral correspondiente. Hoy, en ese suponer, habríamos celebrado las exequias del Gran Premio de Mónaco y podríamos meternos de lleno con el Gran Premio de Barcelona-Catalunya sin que rascase lo más mínimo romper esa urgencia que ha impuesto Liberty Media al calendario F1.
Las pruebas no duran nada. Se nos van de las manos en cuanto bajan el telón. Se acaban el lunes, quizá debido a que, si la chavalería aguanta mal la duración promedio de un Grand Prix (Domenicali dixit), tampoco podemos exigirle que estire la cosa como la estirábamos nosotros en nuestros tiempos mozos.









