Cualquiera que entienda mínimamente de Fórmula 1 sabe que si Verstappen se hubiese portado bien en 2021, hoy la prensa especialista y los gurús del ramo lo aclamarían como un chico bueno y no como un okupa, un piloto con tres entorchados a cuestas, suficientes a todas luces, como lo son los dos de Alonso, porque las estrellas de verdad precisan estar rodeadas de una corte de incandescencias que sustantiven su brillo natural, nos ha jodido mayo con las flores.
Pero Max se impuso entonces a la narrativa oficial y acabó haciendo añicos el octavo del intocable, a base pundonor y calidad, y también de algunas malas artes, por qué negarlo si sucedía también en los buenos tiempos de Schumacher sin que nadie se rasgara las vestiduras porque aquí todo era bravura y se estilaban los chicos malos. Eso sí, aniquilado Hamilton, el camino al Olimpo del holandés se selló con el duro pedregal que vierten los medios british bajo los pies de aquellos que no son de su cuerda, rompen sus planes o simplemente pasaban por allí en el momento menos indicado.









