A ver, se están leyendo muchas cosas y conviene advertir primero que muy poquito se puede hacer contra un final como el que nos brindó la Indy 500 el pasado domingo [Felix y la Indy 500], y digo final porque si Rosenquist se llega a quedar a medio camino en su asalto al botellín de leche, o Malukas hubiese vencido con holgura, como se intuía que podía ocurrir desde el giro 199, nos habríamos ahorrado algunas comparaciones y, obviamente, mi entrada del martes pasado por la mañana que acabo de enlazar.
El motorsport lo miras con perspectiva o te arriesgas a que te salgan monstruos como setas en otoño, de manera que permitidme que separe lo que fue una inenarrable y magnífica 110ª edición de las 500 Millas de Indianápolis de lo que supuso el Gran Premio F1 de Canadá, básicamente por no enredarnos con cábalas inútiles, pero también, por sustantivar el esfuerzo que ha estado realizando nuestro deporte con la intención de ofrecernos un espectáculo potable, y ello pasando por alto la estúpida idea de hacer coincidir en la práctica ambas pruebas —una comenzó cuando la otra acababa.









