Venga, empezamos haciendo una confesión: sí, desde el miércoles, dos sexagenarios con excesivo sentido del humor hemos batido Twitter buscando perlas como buceadoras japonesas, y, en concreto, he invertido las primeras horas de hoy tratando de localizar dónde había surgido la espiral que ha llevado a la chavalería a mostrar sus hebras poniéndose a comparar NASCAR, IndyCar y Fórmula 1 como si no hubiera mañana.
A ojo de buen cubero, siempre dentro de mis limitadas posibilidades y aceptando que el runrún venía de antes, apuntaría al tuit que publicó Josef Newgarden la mañana del lunes interesándose por la temperatura dentro de los habitáculos F1 en Losail —algunos datos del hilo serán utilizados por diferentes fieras—. A partir de ahí la red del pajarito en coma hizo su magia y se alcanzaban cotas inenarrables en multitud de debates centrados ya en discernir qué pilotos son más viriles y qué disciplina es más dura. Para el martes ya disponíamos de valoraciones, sentencias, resultados de las comparativas y muchas recomendaciones que se propagaban como chispas que lleva el viento, ya sabéis...









