Escuché hablar por primera vez de Narcissa Florence Foster Jenkins a Santi Camacho, que no ha llovido ni nada desde aquello, y años más tarde me la presentó Ernesto encarnada como personaje de película por Meryl Streep en una de esas interpretaciones suyas que no se olvidan fácilmente.
Profundamente ingenua, divorciada, rica heredera con saldo, con mucho saldo, y liberada de ataduras tras la muerte de su madre —su padre la hizo rica y la dejó en paz décadas antes—, no fue hasta rondar las sesenta primaveras que dio plena rienda suelta a sus sueños, eso sí, con vocación numantina, convirtiéndose en un fenómeno de los escenarios por sus extravagancias bajo los focos y sus nulas habilidades para el Bel Canto.
Rodeada de gente que la quería más allá de lo aconsejable, empezando por su representante y pareja John St. Clair Bayfield, su carrera profesional se trufó de éxitos arañados al destino, supuestas envidias y un mal entendido buenismo que la convirtieron en una estrella, lo que tampoco impidió que las abundantes críticas a su trabajo fuesen tan despiadadas que casi crearon escuela.
La diva carecía de oído y de voz, no sabía cantar, ni entendía de vestuarios ni de puestas en escena, pero trabajaba duro y quería, y con eso bastaba. Su frase más conocida podría pasar ahora mismo por una sentencia lapidaria con la que definir el mundo en que nos movemos: «People may say I can’t sing, but no one will ever say I didn’t sing...»
En fin, pienso mucho en ella cuando leo o escucho a Stefano Domenicali. ¿No hay cerca un alma caritativa que le diga lo mal que lo está haciendo? ¿Nadie que le aconseje que lo vaya dejando, por su bien más que por el nuestro?
Os leo.

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