Desgraciadamente quedan lejos aquellos tiempos felices en que un cantautor, un poeta o un filósofo, afirmaba que el periodismo es eso que fluye entre hacer de Infantino y hacer de Rutte, y tú entendías la moraleja sin necesidad de que te la tuviera que explicar nadie.
El lamebotas es un arquetipo mítico de nuestro acervo cultural. No lo he mirado, pero imagino que Esopo también escribió una fábula en base a este estereotipo de comportamiento humano. La cosa es tan antigua que Golfus, el de Roma, Pseudolus en el original (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, 1966), era un lamebotas de libro, aunque en su descargo hay que anotar que siendo esclavo no le quedaba otro remedio.
En fin, el lamebotismo está que se sale. Disfruta en la actualidad de una sobredimensión que, siempre bajo mi humilde opinión, excede con mucho su techo natural, lo que en periodismo (deportivo) nos supone un gravísimo problema a los amantes del motorsport y por ende la F1, también porque la peña anda más atontada que nunca.
El pasado Gran Premio de Gran Bretaña ha sido fructífero en cuanto a muestras de cómo hacer que nos riamos servilmente de las zapatillas blancas que calzaba el Primer Ministro de Albania mientras lo realmente importante pasaba totalmente desapercibido. ¿En serio había que recordar Abu Dhabi 2021?
Os leo.

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