Dicen los sabios que la verdad se esconde tras esas preguntas que nunca hacemos, lo que no deja de ser una soberana putada pues nos responsabiliza a nosotros de caminar a dos velas por la vida.
Fui un chiquillo muy preguntón. En casa no había miedo a hacer preguntas, sobre todo con Amama, aunque el método chirriaba bastante en cuanto abandonaba la seguridad del hogar. El caso es que aprendí rápido que había interrogantes que convenía no plantear. Pasados unos años me volví abiertamente lenguaraz e inquisitorial, como aquejado de una tardía segunda adolescencia, básicamente, sospecho, porque disponía de herramientas con las que defender mis actitudes políticamente incorrectas y empezaba a manejarlas con la soltura de un diestro espadachín. Mucho más tarde todo fueron líos y recordé que en boca cerrada no entran moscas.
En Fórmula 1 somos mucho de que no nos entren moscas en la boca y no se acostumbra a cuestionar nada, de manera que surgen fenómenos a cada paso que deberían ser investigados por Mulder y Scully porque el relato oficial los mantiene atados de pies y manos y amordazados con cinta americana.
La llamada Época Dorada de la F1, por ejemplo, que va del inicio de la guerra FISA/FOCA a finales de los setenta del siglo pasado y se prolonga hasta el 82 u 83, 85 aseguran algunos. Pues bien, ese espacio tuvo a Jean-Marie Balestre como referencia al frente del cotarro —FISA desde 1978 a 1991; FIA desde 1985 a 1991, simultaneando la capitanía de FISA/FIA desde su ratificación en el 86—, y ¡coño!, te acabas preguntando qué tipo de dictadorzuelo mediocre era el galo, que firmó una de las etapas más creativas y deslumbrantes.
No hagáis el experimento sin supervisión de un adulto, no lo aconsejo, pero una vez se me ocurrió plantear esta misma revisión histórica en Nürbu y me llamaron advenedizo en el blog y poco menos que imbécil en redes sociales.
En fin, estoy leyendo Formula One and Beyond: The Autobiography, de Mosley, y sobre ese periodo en concreto sólo discierno en las páginas del libro lugares comunes que son de sobra conocidos, como si el bueno de Max supiera que no tenía nada que temer en tanto no se apartase de la narrativa que impusieron en su día los medios británicos. A Balestre le gustaba el poder, claro. Tenía vena dictadora por haber militado en las filas del régimen de Vichy, pero al londinense nunca resultó apropiado recordarle que su padre fue el fascista Oswald Mosley y a él lo pillaron protagonizando un bondage de estética filonazi. La Historia la escriben los vencedores y, bueno, somos demasiado huevazos con estas cosas.
¿Había dudas sobre el posible título de Carlos Alberto Reutemann? Ecclestone las despejó décadas después en el documental Lucky. ¿Teníamos reservas sobre lo realmente sucedido en Singapur 2008? El británico las disipó hace poco durante una tarde bocachancla, lo que llevó a mi Felipe a batirse en duelo en los juzgados...
A pesar de los pesares insisto en hacerme preguntas, como por qué seguimos afirmando que la Fórmula 1 es un deporte inglés cuando parece alemán y está gobernado por espíritus germánicos materiales e inmateriales —Toto es austriaco, que para el caso patatas—. Seguramente lo hacemos por dormir tranquilos y porque la carne es débil, aunque intuyo que, una vez, Bernie tuvo que bajarse los pantalones y poner la vaselina para que Mercedes-Benz lo ayudase con lo del caso Gribkowsky, y de aquella no ha sabido sacarnos Liberty Media en plan Desembarco de Normandía. ¡Jodidos yankees, sólo funcionan bien en las películas de Hollywood!
Os leo.

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