No lo recordáis porque erais pequeños. Ahora nos supone un bonito motivo ver a Newey con su libreta roja rondando los coches en parrilla, pero fue precisamente él uno de los primeros que puso paredes humanas protegiendo sus vehículos de miradas inquisitoriales.
De las presentaciones de monoplazas «sin nada que ocultar» pasamos rápidamente a mostrarlos con trampantojos o zonas vedadas a la vista pintadas en gris neutro. Luego vinieron los renders 3D y, como decía en el párrafo anterior, aparecieron los mecánicos ejerciendo de murallas de carne y hueso. Más tarde se abandonó una de nuestras más arraigadas tradiciones: las exhibiciones de los coches que correrían ese año, y se sustituyeron por spots publicitarios delicadamente confeccionados. Por último, llegamos como si nada al mostrado de las decoraciones sobre cacharros del año anterior, a los test cerrados al público y las televisiones, y al silencio de radio, salvo a través de los canales oficiales, en los que sigue resultando complicado separar información de propaganda corporativa...
A los aficionados nos han ido dejando a dos velas conforme transcurría el tiempo. Ahora, la Federación y el Automóvil Club del Oeste han anunciado que las relaciones del Balance of Performance (BoP) pasan a ser secretas [¡El WEC ya no publicará el BoP de cada carrera! FIA y ACO explican por qué], y se cierra el círculo.
Hace unos días leía a un neonato portugués jactarse de que las nuevas hornadas por fin habían vencido a los viejos de todo esto, y me dieron ganas de contestarle ¡todo pa'ti! Él se refería al tomate que hay montado a cuenta de la nueva Normativa en F1, yo, evidentemente, al enorme hastío que me produce saber que el futuro se ha depositado en manos tan ilusas como para considerar victoria generacional lo que no es otra cosa que una rotunda derrota.
¡Silencio, se rueda!, y ojito con quejarse.
Os leo.

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