Somos un país de porteras. Llevamos el poner la oreja tan grabado a fuego en nuestra cadena genética, que atendiendo a tan atávica llamada, resulta incluso comprensible que nos pase lo que nos pasa, como por ejemplo, que con la SOPA aparcada sine die en los USA y el ACTA esperando mejores vientos en Europa, en España hayamos tomado la delantera en eso de señalarnos con el dedo como ejemplo, aplicando la ley Sinde-Wert sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo.
Será cuestión, muy posiblemente, de que llevamos el concepto de caballero español tan tallado en la mollera, que en conjunción con lo de la portería que aludía en el primer párrafo, el resultado se sugiere a todas luces como un perfecto despropósito que nos distingue del resto de componentes del género humano precisamente porque cogemos el toro por los cuernos sin importarnos si es vaquilla o Miura, tomando la bandera de lo que sea con tal de ser los primeros en alzarla, con tal de parecer que somos los primeros en tenerla, con tal de gritar a los cuatro vientos que a serios no nos gana ni nos ganará nadie, sin atender a que a veces el asta abrasa las manos que la sujetan.









