¡Mi niña! Nunca me he molestado en saber tu fecha de nacimiento pero llevo clavados los 25 de enero como rejones de fuego en la espalda...
Como puedes apreciar, de nuevo aquí, y sin decirte esta vez que no sé si será la última. Ya no es necesario, quizás porque sería insensato abandonar el único lugar donde me siento dueño del mundo. Además, he perdido la poca vergüenza que me quedaba aunque mi mano continúa manejando firme el tomahawk y tensando la cuerda del arco.
No te hice caso, querida, como creo que te comenté en una de esas ocasiones en que me sentaba a tu lado con un café calentito a la mesa en Nürbu, con Pablo y Cata como oyentes con derecho a frase, y me quejaba como un niño llorón de que, de los muchos que he cuidado hasta el agotamiento pocos me iban a cuidar a mí cuando las escolleras hieren el casco de mi nave. No, no he acabado dedicándome a la política, como me sugeriste, he preferido enfocar mi labia a aquellos que no tienen miedo a oír y están abiertos a escuchar mis palabras.
Amama nos abandonó el 22 de agosto del año pasado, y la soledad que me ha dejado se cuantifica en diferentes achaques y peculiaridades de comportamiento, que dice la médico de cabecera —Olatz, un monumento de persona— que superaremos juntos. Un amor, ya te digo.
Tiempo, Lourdes. Un bien escaso que, con los 66 que llevo a cuestas produce algo de vértigo, no te voy a engañar, hipotética carencia que resultaría insoportable si no fuera por aquellos abriles que disfrutamos juntos y ahora añoro. La Toscana, tu Toscana, tú, Cata, tus delicadas letras, tu sonrisa, tu optimismo, tu marido y las niñas, y el empeño en seguir, mi vida. Y sí, aún nada ha conseguido que doble la rodilla, y así seguirá mientras continúes a mi lado y yo te recuerde cada 25 de enero, imbécil de mí, porque nunca te pregunté por la fecha de tu cumpleaños.

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