viernes, 3 de agosto de 2018

Niki


Como la mayoría de hallazgos modernos, la calculadora ya estaba inventada para cuando Niki la elevó en 1977 a canon y seña de identidad de los pilotos fríos e inteligentes. Años más tarde, ya pulida como herramienta, se la cedió a Alain Prost, pero ésa es otra historia...

Lauda supone el típico ejemplo de brillante deportista al que jamás se debe poner un micrófono cerca porque la caga. Inevitablemente lo hace porque tiene un ego tan grande que piensa que el mundo gira a su alrededor y va a entender todo lo que dice o insinúa. Así las cosas, os juro que en los once años de Nürbu que llevamos a cuestas, he hablado más de sus innumerables meteduras de pata como prohombre de negocios o público, que de sus gigantescas virtudes en pista, como piloto, claro. 

Hoy sabemos que Niki no está pasando un buen momento y prefiero perdonarle todos sus pecados fuera del asfalto. Sé que lo entendéis. A un figura como él se le puede perdonar todo porque no abunda mucha gente que confiese que entendía su coche con el culo (literal), que acepte mostrarse tal cual quedó después de un monstruoso accidente, ni que haya permitido dócilmente que esa atmósfera de frío e inteligente que lo adorna siempre, solape al Lauda que además de cerebral era rapidísimo y fino sobre el asfalto porque como decía Jochen Mass: mientras tú te concentrabas en la próxima curva, Niki ya estaba pensando en la siguiente...

Desgraciadamente vivimos tiempos mediocres, pero por suerte todavía sujetamos con alfileres a este campechanote austriaco que se debate ahora mismo entre el aquí y el más allá porque ha sido necesario sustituirle un pulmón. El pronóstico es bueno a estas horas pero no quiero desperdiciar la oportunidad de incidir en que, en 1977, Lauda consagra la calculadora en la Fórmula 1, porque además de pelear con los avatares del campeonato en curso, se ve obligado a luchar con un tal Enzo Ferrari, su patrón.

A Il Commendatore no le sentó muy bien que digamos, que el protagonista de esta entrada tirara por el retrete las opciones que tenía La Scuderia en 1976.

Seamos sinceros. En aquella época las cosas eran muy diferentes a como nos las cuentan hoy. No había Horners ni Arrivabenes ni Wolffs, ni Steiners, porque, sencillamente, las pirañas de entonces se los habrían merendado.

La épica de un tipo que sobrevive a un brutal accidente en Nürburgring y recibe la extremaución allí mismo, y es capaz de volver a ponerse al volante de su coche en Monza, no implica que Il Padrino de la rossa aceptase de buena gana que en Fuji todo se fuera al carajo porque el espada en cuestión, consideró que no valía la pena jugarse el pellejo bajo el diluvio universal que azotaba Japón.

Enzo no era un tipo razonable. Los genios no suelen serlo. El de Módena era tan bicho de carreras como el propio Niki. Al italiano le sentó mal aquello y, en consecuencia, el vienés supo qué percal le iba a tocar cortar al año siguiente.

Niki no nace, se hace. Mejor dicho: el gran Niki no viene en el paquete de serie sino que surge del adaptarse a las circunstancias. Lo tiene jodido con su jefe y la prensa británica, y, además, 1977 amenaza duro, y tira de calculadora porque sigue siendo rapidísimo y fino en pista, y porque como diría Mass: piensa mucho más lejos que sus compañeros de parrilla. El austriaco tiene la imperiosa necesidad de sobrevivir en un ambiente hostil, pero nos haríamos un flaco favor quedándonos sólo con esto, porque a pesar de sus tres títulos, Niki ha sido uno de los más bellos animales que han disputado carreras sobre asfalto.

Luego ha sido y sigue siendo un perfecto bocachancla, pero esto se lo perdonamos hoy.

Os leo.

1 comentario:

joan ramon rovira dijo...

A un tipo que ha saludado a la muerte a la cara y le ha dicho ahí te quedas, se le puede pasar por alto casi todo.