No puedo con mi vida cuando leo a gurús y gente respetable de nuestro mundillo, criticar los trofeos del Gran Premio de Francia cuando, habitualmente, son ellos los que confunden diseño con decoración, forma con función, y llevan a sus lamebotas a pensar que hay cosas de las que no se puede hablar y otras sobre las que hay derecho de pernada porque sí, porque sí, como decía Calle 13.
En el Paul Ricard no te regalan un simio ni una mierda de trofeo sino una obra única, firmada y numerada, por la que dentro de unos años algún poeta del talonario puede llegar a pagar millonadas en dólares o euros. Exageraciones aparte, la de ayer, sin duda, puede arreglarle a Max la jubilación si, en un acaso, nadie supera en años posterores su acogote en duelo a primera sangre con el de Stevenage en el Paul Ricard, y, en otro suponer, el holandés anda con el agua al cuello y encuentra un especulador sobrao para el bendito gorila, pieza que recibió el de Red Bull por pulirse al heptacampeón del mundo Lewis Hamilton en las últimas vueltas a un circuito que supone el remedo pop de una reliquia como Le Castellet.
