No sé si recordáis aquel peliculón de nuestra juventud temprana que se tituló ¡Liberad a Willy! (1993) porque Free Willy quedaba demasiado engorroso para los que, como Albertiño, consideran que el inglés es un tren que pasa una vez y no ha de volver.
No la vi en su momento, vaya por delante. Tardé mucho en hacerlo, básicamente porque antiguamente se estilaba publicar en la prensa recomendaciones con enjundia y no me tiraba nada eso de pasar el rato viendo a un chiquillo trabando amistad con una ballena asesina encerrada en un acuario y luchando por acabar con su encierro. Hoy, la verdad, me baño tranquilamente en el mar considerando, quizás erróneamente, que Gladis y sus hermanas tendrán en cuenta mis delicadas ilustraciones sobre cetáceos, que hice para el Arrantzaleen Museoa de Bermeo, y aquel gesto de buena voluntad que tuve con Willy años después, quien a la postre nunca dejó de llamarse Keiko y, antes de ser devuelta al océano, pasó más de dos décadas cautiva para entretenimiento del público.



















