La tecnología no acompaña y ando mayor para cambiar de costumbres. Mi cuenta de Instagram descansa como un pecio en el fondo del mar, tranquilina ella. Facebook va bien, Twitter también, pero si estáis esperando verme en alguna de las modernas plataformas tan en boga ahora, ya os voy diciendo que salvo como invitado de Jero va a ser que no.
Mi última hazaña ha consistido en intentar reanimar asistidamente mi LinkedIn por aquello de que igual dentro de unos meses me hacía falta, pero tampoco —de la docena larga de bengalas que lancé hace unas semanas, sólo tres entrañables han contestado positivamente porque, ¡oh cielos!, da la sensación de que la red profesional apunta a seguir el camino de Google+...

