Me siento bastante afortunado, para qué voy a engañaros. Esta mañana, por ejemplo, mientras escribía sobre el libro de Edgardo [José Berg...(Edgardo S. Berg)], he recordado que en 1923 Corto Maltés visitaba Buenos Aires buscando a Louise Brookszowyc, y que a partir de este pequeño azar Hugo Pratt armaba Tango, una de las historias más hermosas que ha protagonizado el héroe navegante, marino, filósofo y aventurero.
Ariel, que soporta la capital porteña al grito de ¡vos no sabés que el país no tené remedio! —como si España lo tuviera, en fin—, es también fan de la Fórmula 1 y de Corto, y cuando por fin enhebramos algún momento lúcido en el que compartir hazañas otoñales, hablamos incluso más de nuestro querido Cortesse y los gatos de Pratt, que del vertiginoso deporte que nos ha tocado en suerte sufrir.