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sábado, 14 de marzo de 2020

Cuando la «b» significaba algo


1983 fue el año en que Nelson Piquet consiguió su segundo título Mundial, de nuevo con Brabham, y si hoy traigo a Nürbu el coche con el que el brasileño rubricó su gesta, aunque con Riccardo Patrese como protagonista en miniatura, es porque la librea del BT52 fue tal cual aparece en las dos primeras fotografías, para cambiar en el Gran Premio de Gran Bretaña invirtiendo las masas de color sobre el BT52b, como veremos en la última imagen.

Pero no adelantemos acontecimientos. El Brabham BT52 era un monoplaza made in Gordon Murray que supuso la segunda intentona para el británico a la hora de extraer todas las posibilidades que ofrecía el propulsor BMW Turbo KKK de 4 cilindros y 1.495 centímetros cúbicos de capacidad. La primera fue el precioso BT50 que mantenía la esencia del campeón BT49 de 1981, con sus voluminosos pontones que albergaban las alas invertidas.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La F1 no es esto


Llevo años esperando una oportunidad como ésta. No lo tenía previsto así, la verdad, pero intuía que tanto decir siempre ha sido lo mismo, va de lo mismo, o si yo os contara cuando Pedro Picapiedra y Pablo Mármol corrían en el rocódromo de Piedradura, incluso si no has trabajado en una escudería mejor te callas, ocultaba en el fondo que muy pocos tienen lo santos bemoles de deciros a la cara: no tenéis ni puta idea de lo que es la F1.

Por esas casualidades que tiene la vida yo tampoco tengo idea y tanto abusar de que nuestro deporte nace en 1950 —cuando, por cierto, a los pilotos alemanes se les tenía prohibido correr—, incluso a mí se me acaba olvidando que el formato actual surge de un equilibrio de fuerzas que se materializa a finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, cuando la cosa se profesionaliza y existen por primera vez un calendario oficial y unas reglas más o menos estables que dan entidad a eso tan traído y llevado de la máxima disciplina del automovilismo deportivo.

viernes, 30 de marzo de 2012

Sobre sus locos cacharros


Esperando que gracias a mi humilde contribución del otro día, hayamos comprendido un poco mejor que las agallas de los pilotos no tienen nada que ver en el comportamiento nenaza de los monoplazas que conducen en coyunturas extraordinarias como las vividas en Sepang durante la celebración del G.P. de Malasia, y puesto que el de China está prácticamente a la vuelta de la esquina y me he juramentado a que llueva aunque sea por mis bemoles para que así Fernando pueda calzarse otra victoria, me ha dado por invocar al líquido elemento para la cita de Shanghai, recordando que la lluvia ha solido ser un elemento que ha salpimentado las carreras de todos los tiempos, sin ayuda de inteligentes propuestas como la que tuvo Bernie a la hora de insinuar que se podían regar los circuitos con aspersores para mejorar el espectáculo.

La lluvia, la auténtica, tenía la costumbre de aparecer cuando le venía en gana, cuando no había radares por donde verla llegar. Había previsiones, lógicamente, y amenazaba o no amenazaba con aparecer, y caía o no caía y santas pascuas, como diría aquél.