Mientras los años siguiendo Formula 1 —ficticia o figuradamente, o de manera contrastada y contrastable—, amén de agriarles el carácter, generan acumulación de lípidos y colesterol en el torrente creativo de nuestros ascetas y gurús, a otros nos afina el olfato y el sentido del humor.
A lo que vamos, que me distraigo. Lo sencillo era entrever un vínculo casi indiscutible, según los eruditos, entre el pifostio que montaron al matrimonio Wolff en diciembre y la que le acaba de caer a Horner; lo complejo, empero, era acercarse al abismo nietzscheano y dejar que él te devolviese la mirada.

