jueves, 24 de mayo de 2018

Esculturas de metal [#BlueTrain/023]


Las ruedas son el elemento que mayor resistencia al avance (drag) produce en un vehículo de competición que las lleve al descubierto.

En nuestro deporte, la Fórmula 1, casi resulta impensable imaginar monoplazas con ellas tapadas porque uno de sus mayores alicientes técnicos estriba, precisamente, en que vayan al aire y los ingenieros se las vean y deseen para conseguir la añorada eficiencia aerodinámica contando con este handicap. No ha sido así siempre, desde luego. 

Como mencionábamos hace relativamente poco, ha habido épocas de nuestro deporte en que se permitía el carenado de los neumáticos para determinados Grandes Premios [«Streamliner»], y también es verdad que posteriormente siguió existiendo espacio para que la creatividad de los diseñadores intentara hacer milagros en este aspecto, como en el caso del mítico Tyrrell P34 seis ruedas de 1976, aunque poco a poco este camino se ha ido estrechando hasta desaparecer del todo, de forma que hoy en día la Fórmula 1 es sinónimo de llevar las ruedas sin nada que las proteja. Fin, punto pelota.

En Resistencia la historia ha ido por otros derroteros, pero curiosamente no se ha debido a aspectos estrictamente deportivos sino a que la industria del automóvil entendió en su día que el avance en el rendimiento de los vehículos de calle pasaba por reducir su drag y mejorar su coeficiente de penetración en el aire (Cx), pues ello incidía en la mejora de las prestaciones y en un mayor ahorro de consumos. Obviamente comenzaron a taparse las ruedas.

A pesar de que los vehículos sport seguían siendo abiertos y junto a las grandes berlinas se distinguían antes de la Segunda Guerra Mundial por enseñar lo más posible sus ruedas con llantas de radios en una evidente actitud de ricos¡puedo permitirme gastar lo que me dé la gana!, ¿capisce?—, la tendencia economicista se fue abriendo paso en carreras como las 24 Horas de Le Mans, porque a la postre, disponer de un menor drag y un Cx más afinado que los rivales permitía ir más rápido a misma cantidad de gasolina consumida, y esto suponía que se respostaba menos y se estaba más tiempo en pista, lo que, evidentemente, podía ayudar a lograr la victoria.

Y bien, el coche que abre este texto es una de las esculturas rodantes más hermosas que han existido jamás, sin duda, hijo de esta filosofía de la que llevamos hablando algunos párrafos, claramente elevada a la categoría de obra de arte en el caso que nos ocupa.

A partir del Alfa Romeo 8C 2900B Mille Miglia Roadster, el Le Mans Speciale de 1938 sigue siendo un coupé elegantísimo cuyas delicadas líneas se definieron en Carrozzeria Touring por encargo de Alfa Corse, y a punto estuvo de ganar aquella edición de la mítica prueba francesa, ya que faltando cuatro horas para finalizar sacaba 11 vueltas de ventaja a su más inmediato rival, el Delahaye 135CS conducido por Chaboud y Trémoulet.

En ese instante, con Raymon Sommer al volante, el 8C 2900B sufre un reventón en el neumático delantero derecho que a la postre originará graves daños en el soporte del motor y en el circuito de aceite. Después de las laboriosas e imprescindibles reparaciones, Clemente Biondetti vuelve a pista pero tan sólo durará en ella dos vueltas más...

Os leo.

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