domingo, 11 de junio de 2023

Y lo que queda... #25TLM23 [24]


Hablar, escribir en este caso, sobre una prueba de las características de las 24 Horas de Le Mans, supone aceptar que por mucho que quieras nunca vas a dar abasto, literalmente porque es imposible cubrir su historia y sus innumerables anécdotas, más allá, claro, de terminar repitiendo datos, estadísticas y lugares comunes, como un papagayo mal adiestrado —los que han ido a la escuela dan los buenos días, las buenas noches y acaso te dicen ¡hola!

Por suerte, como pago al esfuerzo invertido en afrontar al anciano dragón La Sarthe, con la intención de sonsacarle todo lo que han visto sus ojos en cien años de vida, o lo que recuerda él y jamás se ha contado, suele quedar una grata sensación como de querer saber más, de querer aprender más, de soñar con tener la oportunidad de indagar en esto o en esto otro, u otra, más gratificante si cabe, de haber dado con un fleco que lleva a un hilo del que puedes tirar, ilusionado con que a lo mejor encuentras una madeja, o no, ¿quién sabe?

Así descubrí a Ed Hugus, cuyas peripecias os conté en su día, de carambola, pero, aprovechando que Iván Vicario le dedicaba hace poco un extenso artículo [La increíble historia de Ed Hugus, el piloto que ganó Le Mans y no aparece en el palmarés], a él quiero referirme para destacar que aquello que conocemos, mejor dicho: aquello que creemos conocer, no es sino la puntita de un gigantesco iceberg que oculta más de lo que muestra.

No están los tiempos para recomendar a nadie que se moleste en saber más, pero sí para recordar que nadie nació sabiendo, y que por mucho que estuviésemos hablando y escribiendo horas y horas sobre Le Mans y su legendaria carrera, siempre nos quedaría algo en el tintero.

Os leo.

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