Si se presupone que el fin último de las carreras de monoplazas es la velocidad en su máxima expresión, IndyCar metía un sartenazo de mil pares de narices a la Fórmula 1 en el brevísimo instante en que las 500 Millas de Indianápolis se solaparon con el inicio del Gran Premio de Canadá, o casi se solaparon, o yo que sé qué coño estuvo pasando.
Tras una dilatada prueba en la que la liturgia de la Indy 500 se cumplió prácticamente a rajatabla, amenaza de lluvia incluida, tras la última bandera roja todo, absolutamente todo, creedme, se centró en las evoluciones en pista del Meyer Shank dorsal número 60.
Rosenqvist, su titular, intuyo posibilidades a un suspiro de la meta, y abrió la trazada de su vehículo hacia el exterior de la cuerda del óvalo de Indianápolis mientras el respetable se asomaba a una parada cardiaca. No había tiempo material para lograrlo pero el piloto sueco se había marcado como objetivo superar a David Malukas, líder en ese momento, y quién sabrá nunca si porque la diosa Fortuna ya le había besado en los labios, susurrándole: ¡es tuya, tómala!
El de Värnamo no aflojó ni tanto así. Al contrario, hecho una puñetera bola de fuego imparable devoraba pulgadas de asfalto mientras en Montreal jugábamos a las resalidas, y se puso a la par que Malukas, y, seguramente, considerando que esa noche de domingo ya tenía historia que contar a su pequeña Stella, bebé que aún no ha cumplido un mes de vida, tiró de riñones durante lo que quedaba y doblegó a su oponente sobre el legendario brickyard, tan sólo por 23 centésimas de segundo, firmando así uno de los finales más bonitos y ceñidos de la prueba norteamericana.
Os leo.

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