sábado, 30 de mayo de 2026

Formel 1 AG


Dicen los sabios que la verdad se esconde tras esas preguntas que nunca nos hacemos, lo que no deja de ser una soberana putada pues, para mayores males, nos responsabiliza a nosotros de caminar a dos velas por el mundo.

Fui un chiquillo muy preguntón. En casa no había miedo a hacer preguntas, sobre todo con Amama, aunque el método chirriaba bastante en cuanto abandonaba la seguridad del hogar y, obviamente, aquello me granjeó algunos disgustos, como el que os compartí con el Hermano Julián como protagonista. El caso es que aprendí rápido que había interrogantes que convenía no plantear. 

Como ya conocéis, en Bellas Artes me liberé gracias a mi beca como bibliotecario, y me volví abiertamente lenguaraz y perversamente inquisitorial, básicamente porque entonces comencé a disponer de herramientas con las que defender mis actitudes políticamente incorrectas y empezaba a manejarlas con la soltura de un diestro espadachín. Mucho más tarde todo fueron líos.

En Fórmula 1 no se acostumbra a preguntar nada, y así, en cuanto te mueves surgen fenómenos que deberían ser investigados por Fox Mulder y Dana Scully porque el relato oficial los mantiene atados de pies y manos y amordazados con cinta americana. 

La llamada Época Dorada de la F1, por ejemplo, que va del inicio de la guerra FISA/FOCA a finales de los setenta del siglo pasado y se prolonga hasta el 82 u 83. Pues bien, ese espacio y el siguiente tuvo a Jean-Marie Balestre como referente al frente del cotarro —FISA desde 1978 a 1991; FIA desde 1985 a 1991, simultaneando la capitanía de FISA/FIA desde su ratificación en el 86—, y ¡coño!, te acabas preguntando qué tipo de dictadorzuelo mediocre era el galo que supo y pudo mantenerse en el puesto hasta que lo sustituyó Max Mosley a comienzos del 93.

No hagáis el experimento sin supervisión de un adulto, no lo aconsejo, pero una vez se me ocurrió plantear esta revisión histórica en Nürbu y me llamaron advenedizo y lilas en el blog y poco menos que imbécil en redes sociales.

En fin, estoy leyendo Formula One and Beyond: The Autobiography, de Mosley, y sobre ese periodo en concreto sólo discierno en las páginas del libro lugares comunes que son de sobra conocidos, como si el bueno de Max supiera de antemano que no tendría nada que temer en tanto no se apartase de la narrativa que impusieron en su día los medios británicos. Balestre tenía vena dictadora por haber militado en las filas del petainismo de Vichy, pero al londinense nunca resultó apropiado recordarle en vida que su padre fue el fascista Oswald Mosley y a él lo pillaron protagonizando un bondage de estética filonazi, porque la Historia la escriben los vencedores y porque somos demasiado huevazos con estas cosas.

¿Había dudas sobre el posible título de Carlos Alberto Reutemann? Ecclestone las despejó en el documental Lucky. ¿Teníamos reservas sobre lo realmente sucedido en Singapur 2008? El británico las disipó en una tarde bocachancla...

Pero, a pesar de las numerosas muestras en contrario, insisto en hacerme preguntas porque seguimos afirmando que la Fórmula 1 es un deporte inglés cuando parece alemán y está gobernado por espíritus germánicos —Toto es austriaco, que para el caso patatas—, seguramente por dormir tranquilos, la carne es débil, ya que, una vez, Bernie tuvo que bajarse los pantalones y poner la vaselina para que Mercedes-Benz lo ayudase a salvar el culo en lo del caso Gribkowsky, y de aquella no ha sabido sacarnos Liberty Media en plan Desembarco de Normandía. ¡Putos norteamericanos, sólo funcionan en las películas de Hollywood!

Os leo.

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