No os agobiéis, Zarevna sigue disfrutando de nuestra compañía —en realidad somos nosotros los que disfrutamos de la suya—, a pesar de los muchos años que han pasado desde que la mencioné por primera vez en Nürbu [Hilargi, o ¡anda, si habla!].
Era una cachorrilla entonces, apenas dos meses de vida y bonita hasta decir basta, exactamente igual que ahora. Aquel verano acababa de llegar a casa. Diecisiete edades juntos. La llamé Hilargi (luna llena) aunque la conocemos también como Laia —así la bautizó mi hijo—, Zarevna, Pitufilla o Mow-mow, porque siempre responde, y nos atiende o directamente nos busca.
