No os agobiéis, Zarevna sigue disfrutando de nuestra compañía —en realidad somos nosotros los que disfrutamos de la suya—, a pesar de los muchos años que han pasado desde que la mencioné por primera vez en Nürbu [Hilargi, o ¡anda, si habla!].
Era una cachorrilla entonces, apenas dos meses de vida y bonita hasta decir basta, exactamente igual que ahora. Aquel verano acababa de llegar a casa. Diecisiete edades juntos. La llamé Hilargi (luna llena) aunque la conocemos también como Laia —así la bautizó mi hijo—, ¡mi vida!, ¡Zarevna!, ¡pitufilla!, ¡tesoro!, ¡cosita!, ¡pelutxona!, o cualquier otra barbaridad que se nos ocurre, porque ella siempre responde, y atiende y nos busca.
Dicen de los gatos que son huraños y de poco fiar, pero a ella le debemos la estabilidad de nuestra pequeña colonia. Se mostró generosa y paciente con Baghee y los que vinieron después, y de aquellos lodos estos barros, vamos, que hasta el nervioso Guillermo aprendió pronto que la tranquilidad es una cultura que conviene cultivar.
Sin ella nada habría sido posible, en el más estricto sentido del término, y hoy, cuando me apetece hablar de gatos, de los felinos que me han adoptado, no podía dejar de referirme a esta compañera de fatigas que ha hecho mi mundo mejor con su sola presencia. Mira el picaporte de la habitación de Amama, yo abro, y dentro del cuarto nos quedamos juntos hablando con nuestros respectivos fantasmas, los suyos y los míos, que a lo mejor son los mismos, sentados en el suelo, apoyada mi espalda en el armario, ella en mi regazo y yo acariciándola mientras le agradezco una fidelidad que me han regalado muy pocos seres humanos.

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