domingo, 10 de mayo de 2026

Hilargi


No os agobiéis, Zarevna sigue disfrutando de nuestra compañía —en realidad somos nosotros los que disfrutamos de la suya—, a pesar de los muchos años que han pasado desde que la mencioné por primera vez en Nürbu [Hilargi, o ¡anda, si habla!].

Era una cachorrilla entonces, apenas dos meses de vida y bonita hasta decir basta, exactamente igual que ahora. Aquel verano acababa de llegar a casa. Diecisiete edades juntos. La llamé Hilargi (luna llena) aunque la conocemos también como Laia —así la bautizó mi hijo—, Zarevna, Pitufilla o Mow-mow, porque siempre responde, y nos atiende o directamente nos busca.

Dicen de los gatos que son huraños y de poco fiar, pero a ella le debemos la estabilidad de nuestra pequeña colonia. 

En fin, se mostró generosa y paciente con Baghee y los que vinieron después, y de aquellos lodos estos barros; vamos, que sin ella nada habría sido posible y hasta el nervioso Guillermo aprendió pronto que la tranquilidad es una onda que conviene cultivar.

Os lo conté: mira el picaporte de la habitación de Amama, yo abro, y dentro del cuarto nos quedamos juntos hablando con nuestros respectivos fantasmas, los suyos y los míos, que a lo mejor son los mismos, sentados en el suelo, ella en mi regazo y yo acariciándola mientras le agradezco una fidelidad que me han regalado muy pocos seres humanos.

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