La frase no es mía. Como es de sobra conocido la acuñó Terry Pratchett, aunque se la tomo prestada para nutrir el texto correspondiente al 1º de mayo, un poco por evitarme tener que sacar en procesión a Barrichello, Ratzenberger y Senna; otra miaja por perder el miedo a pisar el terreno sembrado de minas abierto a partir de los retoques de la Normativa '26, aplicables a partir del Gran Premio de Miami; y, fundamentalmente, porque andan los obispos de la cosa diciendo no sé qué de que nos quitemos de encima a influencers y criaturas para dejar espacio a los que verdaderamente saben.
Me viene de mi abuelo Antonio Isusi, y seguramente de la sangre navarra que corría por las venas de mi abuela María Mendiola, pero sé perfectamente que aquellos que te han llevado al hoyo jamás son la solución...
A ver, los chiquillos suelen ser una molestia, lo admito, pero no son la causa sino la consecuencia de tantos cobardes que verdaderamente sabían, que prefirieron mirar para otro lado o no se metieron en determinado tipo de guerras, preferiblemente para darnos la turrada con el pasado, o para encalomar la responsabilidad de crear afición al bueno de Antonio Lobato, mientras en redes, eso sí, ellos se quitaban de encima a los pobretones y parias como un polvo molesto que no podía, ni debía, manchar sus respectivas aureolas de expertos porque la Fórmula 1 no es para cualquiera.
Técnicamente habito ya la tercera edad —una jodienda, ya aviso—, pero a diferencia de muchos otros ancianetes de espíritu que hay por ahí, sé qué le ha pasado al joven que fui y no pregunto por él. Lo tengo claro cada vez que me pongo al teclado. Hoy, por ejemplo, cuando os aviso de que sustituir una porquería por otra más ilustrada (supuestamente), no nos llevaría a ningún sitio bueno.
Esto va de parné, como casi todo. Los que ven peligrar su trabajo (sic) reflexionan en público sobre el riesgo que supone contar con muggles en las redacciones y retransmisiones, y los sangrenueva aprietan como demonios para ocupar puestos que de momento tienen vedados. La historia de siempre, vamos. Y en medio el aficionado sufriendo a unos y otros.
¡Estamos salvados! ¿Estamos salvados? Pues no mientras sigamos con las viejas inercias y continuemos considerando que un intercambio de piezas podría resultar útil y beneficioso, que es lo que, en el fondo, nos propone esta fiesta que estamos viviendo.
Os leo.

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