Viendo la Fórmula 1 que nos va quedando, cada vez tiene menos sentido recordar a los gigantes de antaño, aún menos, si cabe, cuando nos fueron arrebatados en acto de servicio por una diosa Fortuna especialmente envidiosa y cicatera.
8 de mayo de 1982, sábado en Zolder...
Cuatro años antes, en 1978, Gilles Villeneuve comenzó a enseñarnos que a la cima del Olimpo también se llega emocionando a un público ávido de sensaciones.
Pocas temporadas, un puñado de victorias, cuando éstas valían a tanto su peso en oro porque los rivales no acostumbraban a dejarse ni recibían órdenes por radio, y un reguero de errores y aciertos que levantaban de la silla, y otro de actitudes magistrales, incluso las hubo cuestionables, que lo único que delataban era que en el cockpit de aquellos Ferrari iba sentado un Djinn burlón que disfrutaba haciendo de las suyas al volante mientras buscaba sus límites, los del coche y los de su compañero, jugando siempre a superarlos.
Un saldo, por cierto, que a muchos chiquillos del Drive to Survive les sabe a poco porque el éxito se tasa ahora sólo en acumulación de cifras y récords, aunque al canadiense le bastó para penetrar en el alma de una afición dura de cojones como aquella, que se congeló viendo cómo las sombras oscurecían la mirada del quebequés en el podio de San Marino, y se rompió en mil pedazos apenas dos semanas después, cuando, juramentado a doblegar el brazo de la suerte, Villeneuve trató de superar a Mass en Terlamenbocht comprometiendo la trazada idónea, y se encontró cara a cara con su propio destino cuando su 126C2 impactó con el monoplaza del alemán y saltó por los aires.
Aquel Mundial era de Gilles pero lo acabó ganando Keke Rosberg...
Pironi se hizo añicos aquel agosto, en Hochenheim. Cuentan que Enzo volvió a derramar algunas lágrimas, como a comienzos de mayo, pero para Maranello se hizo imposible paliar la pérdida de sus dos mejores poetas, aunque la caprichosa Fortuna, seguramente arrepentida por haber emborronado tan preciosos pentagramas, nos dejó un regalo que no encaja en las frías estadísticas: los gemelos del piloto francés y su pareja Catherine Goux, se llaman precisamente Gilles y Didier.
Así que, cuando os digan que lo de hoy es igual a lo de antes, cuando Toto se ponga petulante o espesito, o cuando Domenicali nos llame gilipollas, por ejemplo, recordad esta breve historia escrita hoy, a 8 de mayo de 2026, siquiera para que no dudéis ni un instante en enseñar vuestro dedo corazón de la mano derecha como si hubiese tomado VIAGRA.
Os leo.

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