Hombre, me dejó muy tocadito que Darth Vader le espetara a bocajarro a Luke: ¡yo soy tu padre! (No, I'm your father!), después de indicar al muchacho que buscase en su interior pues sabía que era verdad.
Ni el chorro de voz del gigantesco Constantino Romero en el doblaje, ni que el héroe se precipitase al vacío, ayudaron en nada a mitigar aquella zozobra que me acompaña desde 1980 cada vez que me cruzo con un señor mayor que parece que tiene algo que confesarme, sobre todo si viste de negro de pies a cabeza...
Obviamente conocía que el bueno de don Julián era mi santo padre, como así figura en el registro Civil, pero aquel asalto a mi frágil emotividad de entonces me hizo mella de la buena, tanto es así, que, durante las largas conversaciones que mantenía con Amama ya postrada en cama, más de una vez le pregunté si Aitite era realmente mi progenitor, eso sí, ateniéndome a las consecuencias.
A ver, soy bastante distinto a mis hermanos, física y psicológicamente hablando. Supusimos siempre tres temperamentos y tras actitudes ante la vida con características propias, vamos, que la cuestión parecía pertinente, aunque el silencio, el ceño fruncido y la mirada acerada de mi madre sucinta como contestación, nunca dejó espacio para las dudas.
A George creo que le pasa algo muy similar. No tuvo oportunidad de ver El Imperio Contraataca cuando se estrenó porque aún le faltaban algunos años para nacer. De conocer algo de La Guerra de las Galaxias, me digo, será por acercamiento al fenómeno friqui que rodea la saga que ahora llaman Star Wars. No sabe, por tanto, del impacto que nos supuso a los de mi generación que el malo de la película le confesara al bueno de la película que era su padre, nada más y nada menos, y que si miraba en su interior sabría que esa era la puñetera verdad, la única verdad.
Russell, que es a lo que vamos, está pecando, siempre bajo mi humilde punto de vista, de Manzanillo, el burrito de peluche de La Casa del Reloj, y eso puede pasarle una peor factura de la que ya está abonando desde que entregó su alma a Toto Wolff. No lucha contra Kimi, como aseguran los medios especialistas —siempre tan atinados—, sino contra un tipo que el día menos pensado le abre la puerta del habitáculo en el motorhome, le cercena la mano derecha con su sable láser y le revela que es su padre aunque el Registro Civil no lo atestigüe.
Os leo.

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