miércoles, 16 de septiembre de 2026

Ioitxu


Día bastante amargo, canalla. Cata y yo os hemos recogido temprano, yo con la esperanza de devolverte a casa a media mañana, aunque he vuelto con las manos vacías y el corazón enfermo de pena.

Viendo lo que ocultabas en tus entrañas, entiendo que has aguantado tanto únicamente por no dejar sola a Loli. Saliste a su encuentro con tres meses y has soltado su mano casi catorce años después, y tranquilo con esto, mi niño, sabré guardar este último secreto porque aunque haya quien no entiende los vínculos que se trazan entre adultos y sus sobrinos de cuatro patas, el nuestro quedó sellado desde que me obsequiaste mordisquitos tiernos y lametones la primera vez que tuvimos oportunidad de mirarnos a los ojos.

Agradecido tú, agradecido yo, más yo que tú porque el cariño que no pide y sólo da es una droga; y la orilla donde rompen las olas y el paseo diario a los pies del Sanatorio, o tus saludos alocados cuando aparecíamos en el chalet o nos cruzábamos en la calle o frente al supermercado, o me avisabas en el interior del Portalena de que por nada del mundo se me olvidara pedir más tortilla que pan con el café...

Las horas han transcurrido lentas hoy, Ioitxu, como arrastrándose. No sé cómo estará mañana la playa que tenía sentido ayer, cuando todavía existía la oportunidad de que completáramos juntos el trayecto de vuelta a Talaia, u os veíamos a lo lejos a Lola y a ti, tras ella, certificando así que el universo continuaba estando en paz consigo mismo y todo iba a seguir teniendo el mismo sentido de siempre. 

Nunca un jabatillo canela y blanco ha significado tanto como significabas tú, y espero que me guardes la confidencia y no te vengas arriba. 

No se trata de hombres o perros, ni de playas, me entiendes, sino de trayectos que se comparten con quien realmente merece la pena. Y la merecías, Ioi, y no me arrugo por haberte querido en vida y llorado mientras te dormían, y después, y en estos instantes en que tengo el alma abromada por la tristeza y sólo me salen palabras de infinito agradecimiento por lo mucho que nos has dado.

2 comentarios:

pocascanas dijo...

Entendí lo efímeros que son cuando vi partir a mi primera mascota, (casi) una hermana para mi única hija, catorce años después de alegrarnos la vida por primera vez. El dolor fue tan grande para mi esposa que me llevó unos cuantos años convencerla de que adoptemos otro "bicho". Hoy la segunda de la dinastía nos alegra la vida mucho más de lo que ella misma imagina.

Un abrazo grande desde el Coño Sur

Anónimo dijo...

Yo también ando rodeado de fantasmas con almohadillas. Te acompaño en el sentimiento. Abrazo. David.