lunes, 3 de octubre de 2022

October sky

Cuando voy de conquistas bélicas, a tomar una playa o una cabeza de puente, una fortaleza, un nuevo territorio que anexionar al Ducado, llevo encima abalorios que guardo celosamente cuando no se hace menester guerrear. No resulta complicado ni ponérmelos ni quitarlos porque, en cierto modo, o en todo, la situación marca el cómo y el cuándo.

Partiendo de la base de que hay una norma de obligado cumplimiento que, por aquello de su seguridad, impide a los pilotos —a todos— lucir en el cuerpo durante el desempeño de su actividad pendientes, pulseras, sortijas, collares o baratijas, resulta bastante boba la actitud que muestra Lewis en su guerrita flanderiana por poder ser quien es, ¡ahí, con dos avellanitas y un palo!

El británico se ha pasado el reglamento por el forro de los pantalones lo que le ha dado la gana, as usual, y mantuvo incluso un pulso con la FIA antes del verano cuando ésta le recordó que lo de obligado cumplimiento también iba por él. 
 
En fin, siete carreras ha durado la tregua ya que en Marina Bay ha vuelto la burra al prado, aunque esta vez la cosa ha terminado en plan preescolar para felicidad del establishment y los entregaos a estas cuestiones [Mercedes recibe una multa de casi US$ 25.000 por el piercing en la nariz de Lewis Hamilton en el Gran Premio de Singapur].

Al heptacampeón le podía haber caído un puro de no ser el heptacampeón, claro, que a otro seguro le cuesta un disgusto incumplir reiteradamente el Reglamento, y más después de haber sido apercibido de que le convenía asumir que todos significa todos y la seguridad de los pilotos es sagrada. Pero mira tú que cosas, a Hamilton le ha valido el justificante que ha extendido Toto y que su equipo se haga cargo de la bromita.

Os leo.

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