La anécdota que da pie a esta entrada es antigua, no así el tipo que me la contó, con quien por cierto he hablado este mismo mediodía, armados ambos con la misma ilusión que teníamos cuando nos conocimos hace 19 años, que se dice pronto, como si siguiéramos siendo dos puñeteros críos a los que el tiempo apenas ha hecho mella, y eso a pesar de que en nuestras respectivas historias recientes el muy cabrón se ha tomado la licencia de tratarnos con algún exceso de crueldad que otro.
Mi amigo trabajó durante una etapa de su vida para una conocida multinacional británica, y solíamos charlar por teléfono a menudo. En una de aquellas interminables conversaciones me contó cómo a los recién incorporados al departamento de ventas se les dejaba hacer durante un tiempo prudencial hasta que se envalentonaban con los logros cosechados, fueran estos muchos o pocos, y que cuando la confianza había hecho mella en ellos, venía
Paco con la rebaja en formato reunión al máximo nivel donde se les escupía a la cara las mejores estadísticas de los mejores comerciales para ponerles en su sitio y recordarles el ingente trabajo que aún les quedaba por delante, y la cantidad de esfuerzo que debían realizar si querían ser considerados realmente en la empresa… Aquel día era el día en que la más cruda realidad desalojaba definitivamente cualquier euforia, el día en que tocaba pisar el duro suelo con los pies.