La lluvia está tan sobrevalorada en nuestro deporte, que retenemos mejor los (escasos) buenos momentos que nos ha proporcionado que aquellos otros que supusieron un verdadero desperdicio, ¿o es que nadie recuerda a mi Felipe naufragando una y otra vez en Silverstone, durante el Gran Premio de Gran Bretaña 2008?
Consumimos tanto Youtube que, cuando hablamos de agua, nos viene inmediatamente a la cabeza el Gran Premio de Bélgica '98, pero coincidiremos en que la victoria de Damon Hill en una carrera que dejó a más de la mitad de los participantes en la cuneta, tiene menos peso en nuestra memoria que la monumental tangana que se organizó en la salida (se vieron involucrados trece coches, con siete abandonos de una tacada), o la historieta de Schumacher yendo poco menos que a partir la cara a Coulthard.
¿Mónaco 1996? Estuvo fantástica la victoria de Olivier Panis, indudable, pero únicamente quedaban cuatro vehículos en pista en las últimas vueltas. Tiempo atrás Donington, sí, Donington, Gran Premio de Europa de 1993. Senna supremo, aunque la presencia del húmedo elemento se cobró una importante factura, tan abultada que sólo Hill acabó en el mismo giro que el paulista y quince vehículos no llegaron a ver la ajedrezada...
Sobrevalorada, como decía al inicio, y también muy romantizada, de manera que cuando Dirección de Carrera decide que no se dan las condiciones meteorológicas para correr una prueba, el gentío se siente ultrajado, olvidando, quiero pensarlo así, que Jules Bianchi se accidentó en una carrera disputada bajo un fortísimo aguacero, para acabar perdiendo la vida en la cama de un hospital meses después...
Nürbu rebosa explicaciones del por qué los F1 actuales tienen que pensárselo mucho antes de abordar rodar sobre piso mojado. Los neumáticos no calientan adecuadamente, la velocidad de circulación no ayuda a generar suficiente downforce, el spray circundante limita la visibilidad y un amplísimo etcétera, del que destacaría, por razones obvias, que los pilotos no ven un pimiento desde dentro de sus habitáculos.
Era abril de 2009, se neutralizó el Gran Premio de Malasia, aquel en que Kimi Raikkonen se fue a comer un helado. La prueba se terminó acortando a 31 vueltas de las 56 programadas, pero en la interrupción se tildó a los conductores de nenazas por no querer continuar, tsunami de improperios que continuó una vez acabada la cita. Días después yo escribía [Pon un dummy en tu vida], texto que diecisiete años más tarde goza de plena vigencia, pues sigue sin entrarnos en la cabeza que la lluvia es un factor de riesgo al que nunca conviene dar la espalda, menos, si cabe, con los tamaños de monoplazas que nos gastamos.
Os leo.

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