Cualquiera que entienda mínimamente de Fórmula 1 sabe que si Verstappen se hubiese portado bien en 2021, hoy la prensa especialista y los gurús del ramo lo aclamarían como un chico bueno y no como un okupa, un piloto con tres entorchados a cuestas, suficientes a todas luces, como lo son los dos de Alonso, porque las estrellas de verdad precisan estar rodeadas de una corte de incandescencias que sustantiven su brillo natural, nos ha jodido mayo con las flores.
Pero Max se impuso entonces a la narrativa oficial y acabó haciendo añicos el octavo del intocable, a base pundonor y calidad, y también de algunas malas artes, por qué negarlo si sucedía también en los buenos tiempos de Schumacher sin que nadie se rasgara las vestiduras porque aquí todo era bravura y se estilaban los chicos malos. Eso sí, aniquilado Hamilton, el camino al Olimpo del holandés se selló con el duro pedregal que vierten los medios british bajo los pies de aquellos que no son de su cuerda, rompen sus planes o simplemente pasaban por allí en el momento menos indicado.
El caso es que mientras el inglés no ha vuelto a levantar cabeza, el hijo de Jos se ha calzado tres mundiales más, y hoy por hoy es el mejor conductor de la parrilla sin que se reconozca desde los abrevaderos de nuestra disciplina, salvo con la boca pequeña, claro, básicamente porque aceptarlo supondría admitir el pecado de soberbia que cometieron al final de Abu Dhabi '21.
¿Xenofobia? Bueno, este término suena grueso cuando se utiliza, pero hay días, como hoy, en que conviene perderle el miedo.
Desde luego estas cosas no pasaban con Charlie Whiting al mando (británico, concretamente de Sevenoaks, Reino Unido), pero pones un australiano al timón, a un mexicano en pista defendiendo a su jefe de escuadra y a un continental batiendo al elegido en su propio terreno, y tal vez haya que hablar de xenofobia porque para los ingleses, y sus abundantes mamporreros y pagafantas, las cuentas no quedaron debidamente cerradas y, en consecuencia, Verstappen logró feo su primer título.
Masi es australiano, de Sidney; Checo es mexicano, de Guadalajara; y Verstappen es belga de nacimiento pero holandés de pasaporte... y los isleños, con Toto el austriaco a la cabeza, nos hicieron ver que todo era una conspiración de perdedores enfocada a deslegitimar una historia que debía haber tenido final feliz, a otro final feliz me refiero. El caso es que el primero actuó dentro de sus atribuciones como Director de Carrera, aunque se cuestionaron sus decisiones como nunca le ocurrió a Whiting, por ejemplo. Pérez hizo lo exigible a un piloto que cubre a su líder, y nuestro protagonista se limitó a hacer lo que le pedía el cuerpo y el trabajo por el que le pagan, al igual que el muro de Red Bull...
En fin, ¡fair play!, ¡respetar al rival supone respetarte a ti mismo! y mil mandangas más con las que hacer sucesivos brindis al sol, porque en britishland y aledaños tienen muchos consejos de deportividad para los demás, pero a la hora de la verdad, cuando hubo oportunidad de validarlos con hechos que son amores y tal, apostaron por ejercer un indisimulado hooliganismo que aún sufrimos, por cierto.
Os leo.

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