Con ambos Mundiales prácticamente en el bolsillo, la quinta prueba del calendario 2020 parecía el momento adecuado para que Mercedes AMG comenzara a ceder terreno a sus competidores y, puesto que Ferrari de momento no está ni se la espera, Max sonaba en todas las quinielas desde el mismo viernes —Red Bull es su piloto holandés, no nos engañemos—, de manera que el hijo de Jos puso toda la carne en el asador y no dejó títere con cabeza, ni a su ingeniero de pista cuando le preguntó por radio si se había hidratado bien y si había bebido suficiente agua.
La clase del chaval es incuestionable y resultaría un desperdicio de líneas que me pusiera a desgranar todas y cada una de las cualidades que desplegó en Silverstone durante el Gran Premio del Septuagésimo Aniversario, básicamente porque en el momento en que escribo esta entrada ya se ha dicho casi todo. Acaso, sí me gustaría apuntar algo que no he leído: Verstappen con la cabeza fría parece un bisturí que abre la carne de sus oponentes con una sencillez que esconde tras de sí el trabajo de unas manos firmes, una inteligencia felina, y una confianza en sí mismo que está pidiendo a gritos algo más que ser el rival de Hamilton cuando a Brackley le viene bien.









