Lo decía el otro día. De nada sirve reírle las gracias al tipo de más arriba, bajo su cáscara de exitoso tiburón de los negocios se encuentra un hombre profundamente mezquino.
La severa muestra de respeto hacia María de Villota que dispensaron a su compañera unos pilotos a los que les importaba poco si la madrileña disponía de superlicencia o no, si había hecho muchos kilómetros o pocos a bordo de un F1, al que se unió un presidente de la FIA al que le honra haberse sumado a sus hombres en un momento tan imperfecto, se vio empañada por lo sobrio de la capilla: un garaje vacío que sonaba estridente en su silencio en mitad de uno de los templos que aún nos quedan en pie, Suzuka.









