Twitter es una herramienta de comunicación vertiginosa. Bucear en los TL es hacer espeleología, de forma que hoy descabellas en público a Jaime Alguersuari o María de Villota, y en unos meses puedes estar dando lecciones de educación como si jamás hubieses roto un plato. Como red se me propone muy áspera. Me gusta escribir y argumentar, y los debates en Twitter me resultan imposibles de llevar porque 140 caracteres nunca me dan para tanto, de manera que sospecho que el blog es mi medio natural, que aquí nací y aquí seguramente moriré, obviamente, preso de mis palabras y mis razonamientos.
Traigo la red del pajarito a cuenta porque inevitablemente, teniendo perfil en ella, uno que es humano a veces peca y echa un rato intercambiando opiniones con los inmediatos, saludando a los amigos, haciendo nuevos y conociendo mejor a los extraños. Este fin de semana he estado allí con algo más de tiempo que de costumbre y me he vuelto a encontrar con el mismo fenómeno que hace un año ya, me llevo a quitarme silenciosamente del tuiteo: la velocidad mata el contenido.









