Entre que nos come el ansia viva y los magos se quedaron sin fuegos artificiales, corremos el riesgo de perdernos la película.
A ver, no, el actual porpoising no es el síntoma de una insuficiente definición del efecto suelo ni tiene mucho que ver con el que sufrían los monoplazas de finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado. Los dos huelen parecido, saben casi igual, ofrecen similares notas pero no son eso que dicen que son, salvo porque la arrogancia de algunos está intentando meterlos con calzador en la misma cajita.









