domingo, 18 de enero de 2026

Papel couché


No sé si la Fórmula 1 puede permitirse el lujo de un Lando Norris como Campeón del Mundo, pero entiendo que este posible debate haya quedado viejo porque el grueso de la afición se mueve en otra onda, una frecuencia en la que incluso Lance Stroll podría vestir corona y se festejaría igual, y dicho esto sin pretender afear demasiado las escasas cualidades del canadiense.

No me voy a extender demasiado con esto porque sabéis de sobra mi opinión al respecto del británico, aunque sí me apetece echar el ratito señalando que sigue dando muy poquito que hablar el piloto que ha destronado a Max Verstappen, el tipo que ha roto en pista la racha del tetracampeón, y que este matiz, en concreto, sí que sería digno de alguna miserable reflexión, toda vez que supone un jalón más en ese camino a la nada en que nos ha embarcado Liberty Media desde que se hizo dueña del Circus.

Disney, Lego, sacarosa a raudales y nubes de azúcar de colorines, previos a las pruebas que producen sonrojo [¡Por favor, parad!], la FIA hasta en la sopa, aniquilación de actitudes supuestamente rudas sobre el asfalto, prohibición de insultos, jaculatorias y términos inapropiados vertidos por radio o en rueda de prensa, etcétera. ¡Yo qué sé! Diría que a la F1 moderna la han podado en exceso y no da ahora mismo ni para miserable bonsai.

Y sí, nuestro vigente campeón encaja en este escenario infantiloide como una mano en guante de gamuza, lo admito. Es el niño que necesita la prensa rosa, el crush con el que sueña cualquier adolescente, el hijo que querría cualquier madre, eso sí, si Cisca lo permitiera...

Me gustaba el Norris de antes, no os creáis, pero esta subida a la cima del Olimpo en ascensor que ha protagonizado en 2025 me duele más por él que por mí, ya que tiene toda la pinta de que no pasará de juguete roto. Le falta fogueo, capacidad de liderazgo, superar sus numerosos miedos y aprender de ellos, adquirir más talento, ganar densidad como conductor, asimilar que si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte, si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado. Si puedes emplear el inexorable minuto recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Rudyard Kipling no se refería a la Fórmula 1 cuando compuso If, pero dibujó perfectamente lo que colmaba a los aficionados cuando veíamos a un héroe del automovilismo hecho de una pieza. Ayrton Senna, obviamente, supo expresarlo mejor que yo: «Todos los años hay un campeón, pero no siempre hay un gran campeón». El paulista sí hablaba de nuestro deporte, y metió el dedo en la llaga, aunque no sabía del magnetismo que ejerce el papel couché, ni de la impronta que nos iba a dejar como legado mirar tanto a Estados Unidos y aliarnos con el diablo con tal de ofrecer a los accionistas una buena cuenta de resultados.

Os leo.

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