El cauce avanza perezoso hasta encontrarse con el mar, tallando con delicadeza las riberas y los recodos, reflejando la luz del sol, o la luna, mientras en Macondo suena el tañido de una campanita que sella el feliz encuentro entre lo reconocido y lo olvidado...
Así pasen cien años, de soledad no espero, siempre habrá espacio para ti aquí, y los 8 de enero bailaré para ti, y compondré algunas letras para que bailes tú sobre ellas como si fueran brasas en San Juan, y te señalaré una a una las mariposas que van llegando y tiñen con su presencia los tejados, el bosque y el cielo, advirtiendo que Mauricio Babilonia sin duda no debe andar demasiado lejos, y con él la fe del ser humano en que basta pronunciar un nombre, recordar un tacto, unos ojos, una risa, para que el universo se vuelva clemente y nos regale quién sabe si una nueva oportunidad de ser por fin lo que una vez decidimos ser.

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