jueves, 11 de octubre de 2018

Parecerse a Fangio


Parecerse al Chueco es una de esas cosas que lisa y llanamente no se puede. Podrás hacer sus números en Fórmula 1, pero poquito más, ya que la figura del piloto de Balcarce queda absolutamente a desmano de cualquier comparativa.

Por época, las gestas del argentino son irrepetibles porque fueron acuñadas entre los hierros retorcidos, el fuego y la sangre de sus numerosos compañeros que dejaron la vida compitiendo. Hoy, festividad de La Virgen de Begoña, día del nacimiento de Fon de Portago y de la muerte de María de Villota, puede resultar un poco excesivo recordar que en los cincuenta del siglo pasado la gente tenía la fea costumbre de matarse en las carreras, pero puesto que era así, cabe recalcar que Fangio, ante todo, es considerado el más grande porque sobrevivió para contarlo cuando lo sencillo era morir intentando ser el más rápido.

Sostengo en las manos mientras escribo, una entrevista que realizó Borocotó (Ricardo Lorenzo Rodríguez) para El Gráfico a Óscar Alfredo Gálvez. El periodista uruguayo pregunta al astro argentino sobre la vuelta del Genio y si será el mismo luego de reponerse de su accidente en Monza 1952, y Gálvez no duda en su respuesta: «Segurísimo. Si está bien de salud, si no le duele nada, será el que conocemos todos...»
 
Fangio sufrió accidentes y firmó gestas fabulosas, pero por circunscribirnos sólo a los monoplazas de la máxima diciplina —ésta es otra de sus facetas que lo hacen incomparable, ya que participaba y ganaba allí donde podía participar—, esta característica que desliza el bonaerense en el párrafo anterior es la que mejor define al Chueco: el que conocemos todos. Infatigable, no sufría quiebras en su mentalidad ni mostraba grietas en su autoestima. Se montaba en el coche, aparcaba sus miedos, y no paraba hasta conseguir su objetivo.

Se dice que condujo los mejores vehículos aunque habría que matizar que las mejores marcas le confiaron sus cacharros porque el de Balcarce suponía la garantía de éxito.

En 1954 y 1955, con Mercedes-Benz, este convencionalismo sí es cierto. La maquinaria alemana no tenía contestación y aún menos con el argentino al volante, pero en sus otros tres títulos no está todo tan claro. En 1957 el Maserati 250F no es el mejor monoplaza de la parrilla, de hecho está viejo como concepto. El 1951 el Alfa Romeo 159 Alfetta acusa ya los años de servicio —Farina sólo consigue ser cuarto al final de la temporada—. Y en 1956, las desavenencias entre Enzo Ferrari y su piloto, surgen precisamente de que éste se muestra muy superior al Ferrari D50, algo que le gustaba enfatizar a nuestro protagonista mientras que a Il Commendatore le llevaba los demonios admitir...

Sea como fuere, que es a lo que vamos, dejemos que Lewis Hamilton disfrute de sus cinco títulos —si al final lo consigue—, y procuremos no remover demasiado el pasado porque a lo peor se revuelve y nos pone la cara roja a bofetadas.

Os leo.

6 comentarios:

matador dijo...


Lo mejor del penta de Lewis en formato chiste:

En la celebración,
- Alonso: Lewis ¿Cuántos campeonatos has ganado?,
- Lewis: Cinco
- Alonso: Pues ¡por el XXXX te la hinco!

Perdón por lo prosaico, pero mejor tomárselo con humor...

Anónimo dijo...

Qué gran lección. Fangio nunca me ha resultado especialmente atractivo, pero después de tus líneas entiendo porqué Senna o Schumacher lo reverenciaban tanto. Siempre he pensado que las épocas en Fórmula 1 no son comparables, pero veo que los matices siguen siendo importantes. ¿Cómo superar a este tipo? Diría yo que resulta imposible.

Un abrazote, Jose

Abelardo

anonimo dijo...

Mas allá de las simpatías o antipatías personales, y solamente valiéndonos de estadísticas:
Corrió 51 GPs de F1. Largó 48 de ellos en primera fila. Ganó casi la mitad.
En sus años de Mercedes (coche dominante), los pilotos de su escuadra se sentían humillados. Todo un Stirling Moss, sin ir mas lejos. El británico decía algo de "Campeón hay uno todos los años, lo merezca o no, pero todos sabemos de quién hablamos cuando nos referimos a 'El Campeón'"
Se sobrepuso a coches que en algunos casos no funcionaban. Bajó con quemaduras importantes en la pierna, en una carrera que no quiso abandonar.
Venía de ser un gran mecánico y preparador, en su época de Turismo de Carretera. Entendía al coche como pocos. Compartía con sus mecánicos (recordemos que esos coches eran muy parecidos a los de calle: Frenos a campana, carburadores, cambios en H) acerca del coche.
En aquel memorable Nurburgring donde luego de una fallida parada tuvo que cazar a Hawthorn y Collins, no recuerdo cuál de ellos dijo "Lo ví por el retrovisor y me quité del medio: Si no me quitaba creo que me pisaba". Imponía ese respeto en sus oponentes. Otra anécdota (hoy no sería válida porque no se intercambian los coches entre los pilotos): Su coche lo abandona y le piden a uno de sus compañeros que le ceda el suyo. Éste sigue de largo y el siguiente compañero (Collins, quien estaba peleando el campeonato con Fangio) voluntariamente entra a boxes y se lo cede. Fangio siempre se lo reconoció ("Si no hubiera hecho eso hoy sería campeón él y no yo"). Collins le dijo algo de "Ud lo merece mas que yo, y yo soy joven y puedo ganar en otro momento"
¿Lo veríamos al bueno de Lewis ganando la mitad de sus carreras? ¿Lo veríamos despertando esa admiración de sus oponentes? Mas allá de las estadísticas, creo que la respuesta es clara.

Anónimo dijo...

"Paradigmas inconmensurables". José me ha hecho recordar una frase muy lejana en el tiempo, de una clase a la que asistí. Gracias!

Inconmensurabilidad (filosofía) La inconmensurabilidad, en la filosofía de la ciencia, es la imposibilidad de comparación de dos teorías cuando no hay un lenguaje teórico común. Si dos teorías son inconmensurables entonces no hay manera de compararlas y decir cuál es mejor y correcta.

Imagina a todo un Hamilton, marcándose un Lauda. "Yo aquí lo dejo, porque no me quiero morir hoy". Así como a un Fangio partiéndose la caja, del ingeniero que le venga a contar que el ordenador dice que lo mejor es ahorrar gomas y no apretar demasiado el motor.

pocascanas dijo...

Quemaduras en las piernas, llagas en las manos, si se sale el volante no importa, manejás ese mastodonte con el cubo de la dirección, si se rompe el varillaje del embrague tampoco importa, porque pasás los cambios con el oído...

En cambio, hoy lo que más conviene es correr despacito.

Snif!

anonimo dijo...

@pocasanas: Creo que el del volante había sido Nuvolari. Habría que googlearlo, pero tuvo esa (y muchas otras...) ocasiones de locura. Corrió una carrera de motos vendado como una momia, porque se estaba "recuperando" de las lesiones de una carrera anterior. No me acuerdo bien de la anécdota del volante, pero te la relato de memoria:
Se le rompe el volante y, para no parar en boxes (no había "pit wall" en aquellos días) les arroja el volante roto a los mecánicos para que sepan qué repuesto tenían que buscar, y para recién en la vuelta siguiente, conduciendo únicamente con los restos del volante roto. Aquellos coches eran indomables: Corrían a unos 300 km/h como ahora, pero los neumáticos, frenos, dirección, etc no tenían nada que ver con lo que conocemos. Ya eran imposibles con el coche entero, y Nuvolari condujo sin frenos y sin asiento (Mille Miglia) hasta que se estrelló, y sin volante, como en esta anécdota.