La historia, en general, me gusta, aunque admito que suelo atreverme con ella para ver las infinitas lecturas que ofrece según el intérprete de turno. Así como no es lo mismo leer sobre la conquista de América por mano española que inglesa, y aún menos por indígena, tampoco es lo mismo acercarse al balcón de la guerra fría desde el lado capitalista o del proletario, y es que la historia es siempre una ucronía cocinada al sabor del anfitrión de la casa que nos hospeda, sazonada para él, y si le apetece cruda, pues a aguantarse, lo mismo que si le gusta pasada.
La F1 no podía dejar de estar sujeta a este tipo de ligerezas que surgen aquí y allá según el narrador que las cuenta. No hay que irse muy lejos para ver con espanto cómo dibujaron los ingleses la epopeya del hijo de Anthony Hamilton en su primer año en McLaren, y recordar al cabo lo que nos jodió a los españoles tamaña interpretación de las cosas… A eso iba, a que la historia la escriben los que ganan o los que pueden, y no hay más. Y es aquí donde cabe reflexionar un poco sobre la tendencia que tenemos todos por refugiarnos en lo que creemos conocer, cuando es un espejismo, en aras de espantar los fantasmas presentes o venideros, para ahuyentarlos, en una palabra.









