Algo está fallando y no es (sólo) la aplicación de la Normativa '26, y que el Altísimo me perdone el atrevimiento de juntar en una misma entrada a Stefano Domenicali y a Carlos Alberto Reutemann, aunque sea sólo en la instantánea de encabezamiento...
El descontento es grande y hasta cierto punto comprensible, pero en ningún caso es merecedor de ese runrún adolescente que sacude las Redes Sociales en sus cuatro puntos cardinales, independientemente de la edad de los cantautores o la profundidad de sus letras, que ya sabemos todos cómo va esta historia.
Alguien no ha valorado adecuadamente lo que suponía depositar una bolsa de caramelos a la puerta de un colegio, ni ha medido bien cómo iba a responder ante la falta de lo suyo una afición que ha sido acostumbrada a satisfacer su prisa en menos de lo que dura un chasquido de dedos. Pero si teníamos poco con los intentos de aclaración vertidos por Lobato (en España, con eco en Hispanoamérica), ahora nos sale al paso Domenicali para decirnos algo así como ¡ajo y agua! [El jefe de la F1 Domenicali responde a los críticos del reglamento de 2026], argumento que tampoco es muy de recibo.
Entiendo perfectamente que el italiano está defendiendo lo suyo, pero es que, a ver, la satisfacción de su amplia clientela también es lo suyo, o, al menos, debería ser una de las prioridades de Liberty Media.
Ahora bien, entre lo suyo de la cúpula de nuestro deporte y lo suyo de la chavalería, se percibe en la actualidad una brecha irresoluble que ha abierto la propietaria de los derechos de explotación abusando del Senna hablando con Dios, magnificando cualquier chorrada en pista de Hamilton como si el británico hubiese obrado un milagro, convirtiendo a influencers en expertos, favoreciendo un periodismo clientelar que ni en la época de Bernie, o vendiéndonos cada temporada el Drive to Survive correspondiente, como si fuese un fiel reflejo de nuestra actividad.
En sentido estricto, la responsabilidad de todo esto es de la norteamericana y la pelota, obviamente, la ha puesto en su tejado una afición que quizás tenga poca memoria pero paga religiosamente por un show que, en lo que llevamos de 2026, está dejando muchísimo que desear.
Por suerte me crié en F1 en una etapa en la que todo resultaba más calmado que ahora a pesar de que ofrecía más quintales de emoción por vuelta que en la actualidad. El de Imola era más crío que yo, desde luego, y tal vez quien tiene poca memoria es él, aunque no voy a enredarme con esto porque no aportaría absolutamente nada.
El caso es que esta mandanga que nos están sirviendo parte de una premisa totalmente falsa, ya que el aficionado medio puede ser cualquier cosa menos imbécil, y si el menú actual no contenta ni a los Old school ni a los más bisoños, el problema, como insinuaba en la primera frase de este texto, a lo peor no es sólo la nefasta aplicación de la Normativa 2026 en las tres primeras carreras.
No voy a mencionar el término «humildad» porque me produce mucho rechazo, por futbolero, mayormente, pero sí animaría a Domenicali y a los que le están defendiendo, que se lo hicieran mirar antes de ponerse a hablar o escribir, ya que el cristo que tenemos montado tiene muchísimo que ver con esa obsesión de Liberty por colmar las expectativas de un tipo que habita en lo profundo de Tennessee —el mercado americano como moderno Dorado y panacea de la resurrección deportiva—, olvidando, o relegando a la cuneta, a quien es consciente de que si paga por algo quiere que le correspondan dándoselo, no que le devuelvan por perderse una sesión parte del importe del fin de semana convertido en un vale para jugar en el casino o visitar una casa de lenocinio, como sucedió en La Vegas 2023.
Os leo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario