domingo, 12 de abril de 2026

Lo que nos faltaba


Hombre, sí, Alonso puede llegar a parecer gafe si te has pasado media vida, o la vida entera en según qué casos, recogiendo amablemente el jabón que se les caía al suelo a los británicos en la ducha... eso y poniendo la vaselina, claro.

A ver, no es por ofender a nadie, o sí, qué más dará, pero si comprendes mínimamente este negocio, lo normal es que entiendas a la primera por qué Fernando no ha encajado en las preferencias de aquellos que decidieron elevar a los altares a un Vettel, un Hamilton o un Norris, por tirar de ejemplos a mano, ya que la figura de Verstappen no admite este tipo de retóricas aunque sus inicios estuvieron marcados por la la luz de la estrella de Heinekken.

El concepto a manejar se llama «rentabilidad», y lo cierto es que el asturiano resulta mucho más rentable haciendo de malo, de infortunado o de cenizo, o de las tres cosas a la vez, ya que estamos.

Vivimos tiempos extraños. Tan sólo tres conductores acumulan catorce mundiales de los dieciséis disputados desde 2010 hasta la fecha —no existe otro dato similar en los 75 años de vida de la F1—, y me dirán ustedes qué coño hacemos sino tildar de gafe a quien no encuentra hueco en tan apretado escenario, porque resulta tan bueno en pista que jodería cualquier plan, todos los planes, que nos entendemos.

Actualmente, el nivel en que afecta la política a nuestro deporte haría palidecer de envidia a la cacareada y turbia etapa liderada por Jean-Marie Balestre al frente de la FIA, algo a lo que no se puede aludir porque los chiquillos necesitan ídolos a los que aferrarse, a poder ser respaldados por la acumulación de récords y números, ya que a falta de ellos, a lo peor andaban preguntando dónde llevan los monoplazas la rueda de repuesto.

En fin, más dinero significa más intereses por milímetro cúbico, más necesidad de contentar a los inversores o los Consejos de Administración, y también más navajas de esas que brillan a la luz de la luna en los callejones oscuros. Nada nuevo, es verdad. En este sentido, el de Oviedo ha ido ganando densidad como piloto conforme transcurrían las temporadas y es, a día de hoy, un absoluto peligro para los de arriba, un tipo molesto para el establishment porque es capaz de romper el modelo de previsibilidad en que se basa todo.

A pesar de lo expuesto soy optimista con sus posibilidades y mantengo una fe ciega en que el día menos pensado vuelve a liarla —imagino que lo mismo que piensan en Aston Martin—. Por esto mismo, cada vez que un periodista británico, o cualquiera de sus abundantes mamporreros a ambos lados del charco, me pide que recoja el jabón que se le ha caído en el piso de las duchas, me hago el orejas, recuerdo que los F1 no llevan rueda de repuesto, y sigo con mi vida.

Os leo.

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