martes, 21 de abril de 2026

Anita, un 21 de abril


Esta tarde puedo permitirme arrimar el monoplaza a la cuneta, y dejarlo allí, parado, con la intención de que disfrutemos de cuanto paisaje hermoso seamos capaces de imaginar, sus ojos, por ejemplo, incluso un lejano Japón encendido bajo un denso tapiz de flores de cerezo, que, quién puede saberlo ahora, quizás brotaron esta primavera para poner color a sus últimos días entre vosotros.

El próximo 31 de julio, otra vez San Ignacio de Loyola —los vascos y sus costumbres ancestrales—, se cumplirán diecisiete años desde que escuché por primera vez su nombre, y comprenderás que no podía dejar pasar la oportunidad de anotarlo en Nürbu, siquiera porque, en ese lugar que dicen que hay más allá, donde se reúnen las ancianas guerreras que lo dieron todo por sacar adelante a sus retoños, Amama y ella se animen a pasear del brazo reconfortadas con lo mucho que tú y yo seguimos agradeciendo cada uno de sus desvelos.

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