sábado, 31 de marzo de 2018

Una de títeres


La foto de arriba es antigua pero creo que no importará demasiado porque el debate que vamos a abordar esta tarde también lo es, de hecho he escrito mucho al respecto, aunque visto lo visto no ha servido para gran cosa porque en Fórmula 1 seguimos crucificando al piloto por cuestiones en las que a lo peor tiene menos responsabilidad de la que le damos.

A raíz de la entrada que publiqué el jueves sobre Verstappen se ha abierto de nuevo la caja de Pandora [Max y los pontífices]: ¿es culpable sólo el conductor cuando toma riesgos innecesarios, o es más culpable quien hace una lectura demasiado arriesgada de la información que tiene en su poder y presiona al primero por encima de sus posibilidades?

Desgraciadamente el ingeniero de pista tiene todas las de ganar en esta guerra. Su trabajo goza de ese halo de infalibilidad que otorga el roce íntimo con las estadíticas, las telemetrías y los datos. Si falla algo nunca será culpa suya sino del ordenador o del software, como sucedió el domingo en el pit wall de Mercedes AMG, pero si por un azar hay un pleno en la quiniela inmediatamente se posan los ojos en el tío listo que ha dado con la tecla, como tambien pasó hace unos días con Iñaki Rueda, en este caso en Ferrari.

No tengo nada contra lo ingenieros salvo que son un poco abusones en estas cosas porque suelen irse de rositas cuando truena.

Estamos hartos de escuchar a los pilotos quejarse por radio del exceso de información, de la mucha presión, de ¡que me dejes tranquilo, coño! ¡que estoy intentando centrarme en las curvas!, o ¿qué demonios quieres que haga...?

Desde que la radio forma parte del quehacer diario sobre la pista a mí me resulta bastante complicado saber qué cuota de responsabilidad tiene el piloto y cuál le corresponde al copiloto, porque creo que podemos coincidir en que el ingeniero de pista ejerce actualmente de copiloto. Tiene las posiciones GPS, las lecturas de la telemetría, la información del estado de las gomas, del combustible utilizado, del que queda por utilizar, las temperaturas y mil y una otras variables que afectan a la carrera, etcétera, etcétera, etcétera.

Obviamente doy por seguro que buscará la mejor manera de que la mejor estrategia sea aplicada en pista por el conductor, pero a fin y a cuentas es un ser humano como el que va metido en el habitáculo e imagino que tiene días buenos y días malos, y que como todo pichichi, puede meter la pata aunque a la hora de la verdad, el que acostumbre a pagar los platos rotos sea el que lleva el volante.

Albergo muchas dudas con esto, y las expongo cada vez que recuerdo que antiguamente sí se podía discernir mejor quién era responsable de qué, ya que el piloto, en ausencia de información suplementaria tenía la obligación de gestionar en solitario la práctica totalidad de lo que sucedía en el coche y la carrera.

Admito que sin la presencia de la radio hoy sería impensable conducir unos trastos que por su complejidad parecen naves espaciales, pero una de dos, o el conductor es un títere y hace lo que le mandan, con lo cuál, el responsable de lo que sucede sobre el asfalto es su ingeniero de pista, o no es un títere y el ingeniero correspondiente debería tener mucho cuidado en mandarle meterse en según qué jardines.

Venga, va. El piloto no es un títere y el ingeniero de pista también es importante, pero entonces, deberíamos ser nosotros los que tendríamos que palparnos la ropa antes de señalar a nadie como responsable de lo que dan de sí, durante un prueba, unas prisas o un exceso de presión mal gestionadas desde el bendito muro por el copiloto. Si esto en vez de Fórmula 1 fuese el Dakar lo haríamos, ¿a que sí?

Os leo.

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